Hay hechos históricos cuya grandeza no se mide sólo por las transformaciones que produjeron, sino por las cuestiones que volvieron ineludibles. Una sociedad puede permanecer durante siglos instalada en un orden recibido, como quien vive en una casa antigua sin interrogarse jamás por la solidez de sus fundamentos. Cambian los muebles, se renuevan los muros, se abren nuevos vanos y se clausuran otros; pero casi nadie dirige la mirada hacia aquello que mantiene en pie el edificio. Hasta que, de pronto, surge una fisura. Entonces las discusiones menores quedan suspendidas y quienes habitan la casa comienzan a preguntarse si todavía puede sostenerse. De modo análogo operan las revoluciones.
Durante siglos, la filosofía política se ocupó de discernir cuál era la mejor forma de regir la ciudad, cómo debía contenerse el poder o de qué manera convenía distribuir la justicia. Pero llegó un momento en que la pregunta dejó de limitarse al modo adecuado de ejercer el gobierno y se desplazó hacia un plano más originario: ¿en virtud de qué puede considerarse legítimo un orden político cuando el orden vigente ha perdido su apariencia de justicia?
Esa interrogación cobró una fuerza singular en la Europa de fines del siglo XVIII. La reunión de los Estados Generales en Versalles, el nacimiento de la Asamblea Nacional, la caída de la Bastilla y los sucesos posteriores forman ya parte de la memoria política occidental. Con todo, su sentido más profundo no consiste únicamente en haber abierto un nuevo periodo histórico, sino en haber puesto de manifiesto que ningún poder conserva indefinidamente su justificación cuando la comunidad deja de reconocer como válido el principio sobre el que se apoya su autoridad.
Desde entonces, la palabra revolución dejó de significar sólo una alteración excepcional del orden político. Comenzó a nombrar algo más ambicioso: la posibilidad de rehacer la sociedad desde su raíz, de reorganizar las instituciones de acuerdo con principios previamente concebidos por pensadores, reformadores o visionarios, y de atribuir a la acción humana una potencia fundadora que pocas épocas anteriores habían imaginado con tanta intensidad. Lo que para generaciones precedentes se pensaba bajo las categorías de reforma, restauración o continuidad, la modernidad empezó a comprenderlo también bajo las figuras de ruptura, fundación y comienzo absoluto.
Pocas nociones han influido de manera tan decisiva en la historia contemporánea. Bajo el signo de la revolución se proclamaron derechos sin los cuales hoy resulta difícil pensar la vida política; se combatieron privilegios incompatibles con la dignidad humana; se ampliaron ámbitos efectivos de libertad; y, con independencia de que todos esos logros procedieran directamente de ella, se hizo patente que ningún régimen puede invocar una legitimidad incondicionada por el simple hecho de haber durado. Pero bajo ese mismo nombre se ampararon también persecuciones innumerables, guerras civiles de enorme crueldad, regímenes despóticos y formas de violencia que marcaron de modo profundo el siglo XX. La revolución ha sido simultáneamente expectativa de liberación y experiencia de ruina, promesa de justicia y ocasión de nuevas opresiones. En esa ambivalencia se reconoce uno de los signos más propios de la modernidad política.
No sorprende, por tanto, que todavía despierte adhesiones fervorosas y repulsas no menos vehementes. Para algunos, representa la hora en que la libertad se levanta frente a un orden injusto; para otros, inaugura una política que, al proponerse reconstruir la sociedad en su totalidad, termina destruyendo las condiciones elementales de la convivencia. La historia proporciona razones a ambas lecturas. Justamente por eso ninguna de ellas resulta suficiente por sí sola. Cuando un mismo fenómeno admite conclusiones tan opuestas, la filosofía deja de ser un ejercicio ornamental y se convierte en una exigencia.
Sin embargo, la revolución ha sido examinada muchas veces como si perteneciera exclusivamente al campo de los historiadores. Éstos han estudiado las condiciones económicas que antecedieron a los grandes procesos revolucionarios, las tensiones sociales que los hicieron posibles, el comportamiento de las multitudes, las estrategias de sus líderes y las instituciones que nacieron de ellos. Todo esto resulta imprescindible para comprender lo acontecido. Pero nada de ello responde todavía a la pregunta de la que, en último término, dependen esas investigaciones.
La revolución no es sólo un episodio histórico. Es también una experiencia extrema de la vida política. En ella se vuelven problemáticas aquellas convicciones que, durante los periodos de estabilidad, suelen operar sin necesidad de justificación explícita. La autoridad ya no se obedece por el mero hecho de estar constituida; la ley deja de imponerse simplemente por el peso de la costumbre; las instituciones son llamadas a responder ante el fundamento mismo de su legitimidad. Aquello que durante largos intervalos queda cubierto por la continuidad ordinaria de la vida pública aparece entonces con nitidez ante el juicio de la razón.
La revolución no crea de la nada un problema inexistente. Más bien hace con la comunidad política lo que un relámpago hace con un paisaje sumido en la noche. Durante un instante se descubren montañas, sendas y abismos que siempre habían estado allí, aunque la oscuridad los ocultara. Cuando la noche regresa, el paisaje no ha cambiado en su ser; quien ya no es el mismo es el caminante que lo ha visto.
La revolución posee así una extraña capacidad reveladora: muestra que toda comunidad descansa sobre cierta concepción de la justicia, de la autoridad y de la persona. Mientras esa concepción permanece compartida, el orden político conserva la tranquilidad de esos antiguos relojes de torre a los que nadie presta atención porque parecen haber marcado siempre la hora. La autoridad actúa entonces con la naturalidad con que una ciudad vuelve cada mañana a su rutina. Pero cuando ese mecanismo pierde la confianza de quienes lo oyen, el reloj puede seguir sonando y, sin embargo, dejar de significar la hora verdadera. Antes de que un régimen caiga, se rompe esa confianza tácita. Cuando un orden hasta entonces tenido por natural comienza a agrietarse, las fracturas no aparecen sólo en las instituciones, sino en el principio que hacía razonable la obediencia. Antes de que cambien las leyes, cambia el juicio que la comunidad pronuncia sobre ellas; y antes de que se derrumbe un régimen, se debilita la convicción moral que sostenía su autoridad.
Por eso interesa aquí la revolución menos como hecho que como signo. Su relevancia filosófica no consiste únicamente en alterar el curso de los acontecimientos, sino en obligar a pensar aquello que toda historia política presupone: el fundamento en virtud del cual el poder puede ejercerse legítimamente.
No se trata, en las páginas que siguen, de añadir una crónica más a las muchas historias de las revoluciones modernas. Tampoco se pretende defender de antemano una tradición política determinada ni condenar sin examen otra distinta. El propósito se sitúa en un nivel previo a esas alternativas. Se busca comprender qué hace justo a un orden político, por qué una comunidad reconoce autoridad legítima en quien gobierna y bajo qué condiciones puede llegar a juzgar que ese mismo orden ha perdido el derecho a exigir obediencia.
Meditar sobre la revolución parece un camino especialmente adecuado para iniciar tal investigación, porque en pocos fenómenos históricos se manifiestan con tanta claridad las preguntas permanentes de la filosofía política. Cuando el orden se quiebra, sus fundamentos dejan de permanecer ocultos. Cuando la continuidad se interrumpe, la razón se ve forzada a examinar aquello que hasta entonces parecía evidente.
La revolución pertenece a ciertos momentos excepcionales de la historia; la legitimidad, en cambio, pertenece a todos. Las revoluciones pasan, como pasan las tormentas. Después regresan las calles, las escuelas, los mercados y la vida común. Pero la pregunta por aquello que hace justo el poder permanece silenciosa bajo cada generación, como el cauce de un río que sigue corriendo bajo el puente aunque nadie se detenga a mirarlo.
A esa pregunta se consagran las páginas que siguen.







