6. Del extranjero medieval al inmigrante global

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El paso del mundo medieval al mundo contemporáneo ha transformado radicalmente las condiciones del fenómeno de la inmigración. Mientras que en el horizonte de Santo Tomás de Aquino la movilidad humana era limitada, episódica y mayoritariamente regional, la modernidad tardía se caracteriza por migraciones masivas, estructurales y globales, provocadas por guerras, persecuciones, desigualdades económicas y procesos de descolonización. Este cambio de escala podría inducir a pensar que la doctrina clásica resulta insuficiente o superada.

Sin embargo, el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia muestra que la respuesta eclesial a la inmigración no ha consistido en abandonar los principios tradicionales, sino en explicitarlos y aplicarlos a circunstancias históricas nuevas. En este artículo sostengo que el magisterio social contemporáneo no introduce una antropología ni una filosofía política ajenas al tomismo, sino que despliega sus principios fundamentales (la dignidad humana, el bien común y la prudencia política) en un contexto marcado por la globalización.

La doctrina social de la Iglesia surge de modo sistemático a finales del siglo XIX con la encíclica Rerum Novarum, como respuesta a la cuestión social derivada de la industrialización. Aunque la migración no ocupa todavía un lugar central, se establecen las bases de una nueva sensibilidad magisterial, como la atención a las condiciones materiales de vida, el reconocimiento de derechos sociales y la afirmación inequívoca de la dignidad del trabajador.

A lo largo del siglo XX, los grandes conflictos bélicos y los desplazamientos forzados de poblaciones obligaron al magisterio a pronunciarse de manera más explícita sobre la movilidad humana. La figura del “extranjero” medieval cede progresivamente el paso a la del “inmigrante”, entendido como sujeto histórico vulnerable, desgajado de su comunidad de origen y expuesto a múltiples formas de injusticia. Este desplazamiento terminológico no implica un cambio antropológico, sino una mayor visibilidad moral de una realidad que había adquirido dimensiones inéditas.

Un punto de inflexión doctrinal se encuentra en la encíclica Pacem in Terris, donde se afirma explícitamente que toda persona tiene derecho a emigrar cuando razones justas lo aconsejen. Esta afirmación ha sido interpretada en ocasiones como una ruptura con el realismo político clásico. Sin embargo, una lectura atenta muestra que se trata de un desarrollo coherente. El derecho a emigrar se funda en el derecho más básico a una vida digna; cuando una comunidad política es incapaz de garantizar las condiciones mínimas para esa vida, la persona no pierde su dignidad ni queda moralmente obligada a permanecer en una situación injusta. Este razonamiento se apoya directamente en la primacía tomista de la persona y de la ley natural.

Ahora bien, este derecho no se formula como absoluto. La encíclica no niega la legitimidad de las comunidades políticas ni su derecho a regular la acogida. La novedad no consiste en la negación del bien común, sino en la ampliación del horizonte moral ante una situación histórica excepcional.

El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una formulación particularmente equilibrada de la doctrina sobre la inmigración. En el n. 2241 se afirma que las naciones más prósperas están obligadas a acoger al extranjero en la medida de lo posible, pero se añade inmediatamente que el inmigrante debe respetar las leyes del país que lo acoge y contribuir al bien común. Esta doble afirmación resulta decisiva desde una perspectiva tomista. Por un lado, se reafirma la dignidad del inmigrante y el deber de hospitalidad, y por el otro se reconoce explícitamente la legitimidad de la regulación política y de la exigencia de integración. Lejos de contradecir a santo Tomás, el Catecismo expresa en lenguaje contemporáneo la misma estructura normativa, la hospitalidad fundada en la dignidad, integración ordenada al bien común.

La encíclica Caritas in Veritate aborda la inmigración en el contexto de la globalización. En ella se subraya que la movilidad humana no puede ser tratada únicamente como un problema técnico o económico, sino como una cuestión profundamente moral que exige políticas prudentes y coordinadas. El uso explícito del concepto de prudencia resulta particularmente significativo. Frente a una caridad desligada del orden, se insiste en que la acogida debe conjugarse con la legalidad, la cohesión social y la responsabilidad política. Esta insistencia refleja con claridad la herencia tomista: la caridad no sustituye a la justicia ni anula la mediación política.

En este punto, el magisterio contemporáneo se distancia tanto del liberalismo ingenuo como del repliegue defensivo, proponiendo una vía exigente que reconoce simultáneamente la dignidad del inmigrante y la fragilidad del bien común.

La encíclica Fratelli Tutti adopta un tono marcadamente universalista y fraterno, insistiendo en la necesidad de superar la indiferencia y el rechazo del extranjero. Este énfasis ha sido interpretado por algunos como una relativización de las fronteras y de la soberanía política. Sin embargo, una lectura sistemática muestra que el texto no niega la legitimidad de las comunidades políticas ni de la regulación de la inmigración; lo que cuestiona es la absolutización identitaria y la reducción del extranjero a amenaza. La fraternidad no se opone al bien común, sino que lo interpela y lo purifica de sus posibles desviaciones excluyentes.

Desde una perspectiva tomista, Fratelli Tutti puede leerse como un recordatorio de que la prudencia política debe estar siempre informada por la caridad, sin que ello implique la supresión de las mediaciones institucionales.

El recorrido histórico del magisterio social permite afirmar que la doctrina contemporánea sobre la inmigración constituye un desarrollo homogéneo de los principios clásicos. La dignidad de la persona humana, ya presente en la ley natural tomista, la primacía del bien común, ahora ampliada a una dimensión internacional, y la centralidad de la prudencia política permanecen como ejes estructurales.

La novedad no reside en los principios, sino en su explicitación pastoral y moral ante circunstancias históricas inéditas. El magisterio no propone modelos políticos concretos, pero sí establece límites morales claros tanto al cierre inhumano como a la apertura irresponsable.

En conclusión, el paso del extranjero medieval al inmigrante moderno no implica una ruptura doctrinal, sino una ampliación del horizonte histórico de aplicación. La doctrina social de la Iglesia recoge la herencia tomista y la proyecta en un mundo globalizado, manteniendo intactos sus principios fundamentales. Con este desarrollo histórico establecido, puede ahora avanzarse hacia el análisis comparativo con las teorías políticas modernas, donde intentaré poner de relieve la originalidad y la vigencia crítica del enfoque tomista frente a los paradigmas dominantes.

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