El análisis que Scheler desarrolla en el capítulo III de El resentimiento en la moral se abre con una distinción fenomenológica que orienta todo el desarrollo posterior. No se trata de una diferencia psicológica entre temperamentos morales, ni de una mera clasificación empírica de actitudes afectivas. Lo que está en juego es algo más profundo: dos formas radicalmente distintas en que una vida puede dirigirse hacia otra más débil. La divergencia alcanza la raíz misma del acto moral, su estructura intencional y el orden de valores desde el cual ese acto se hace posible.
La primera de estas formas nace de la plenitud. El sujeto que ama desde ella no necesita al otro para afirmarse, porque su movimiento hacia él no responde a ninguna indigencia previa. Brota más bien de una riqueza interior que tiende espontáneamente a comunicarse. El sacrificio no aparece entonces como una negación de sí, sino como la expresión natural de una vida que se expande. En este horizonte, el egoísmo, entendido como preocupación primaria por la propia conservación, deja de ser el estado originario del viviente y se revela más bien como síntoma de una contracción, de una vida que ha perdido su impulso de crecimiento y se repliega defensivamente sobre sí misma.
Toda vida auténtica tiende al acrecentamiento. Por eso el inclinarse hacia el débil, el enfermo o el humilde puede ser una manifestación de fuerza y no de carencia. No procede de la privación, sino del exceso.
En esta clave interpreta Scheler algunos rasgos fundamentales del ethos evangélico. La despreocupación por el mañana, la ausencia de angustia ante los medios de subsistencia o la serenidad frente a la muerte no expresan desprecio por la existencia corporal. Indican, más bien, una seguridad interior tan radical que los accidentes exteriores dejan de ocupar el centro de gravedad de la vida. El miedo a morir y la obsesión por conservarse aparecen entonces como signos de una vida descendente, incapaz de sostenerse desde su propia plenitud. No es casual que las épocas históricas de mayor vitalidad hayan mostrado con frecuencia una relativa indiferencia ante su propio fin.
Frente a esta forma originaria existe otra que, aun pudiendo parecerle exteriormente semejante, difiere de ella en su principio de un modo completo. También aquí el sujeto se dirige al otro; también aquí parecen darse entrega y desinterés. Pero el movimiento no brota ya de la plenitud, sino del vacío, y no es efusión del ser, sino fuga respecto de sí mismo.
El alma que no puede habitar su propia interioridad busca en el prójimo una distracción de sí, una ocasión para disiparse. El otro deja entonces de ser amado por el valor positivo que encierra y pasa a ser buscado simplemente por ser no-yo. Esta orientación extrovertida, a la que la modernidad ha dado con frecuencia el nombre de altruismo, no constituye para Scheler una forma superior del amor, sino uno de sus más característicos sucedáneos.
La diferencia entre ambas actitudes es rigurosa. En el amor auténtico la intención primaria recae sobre el valor positivo del otro, y el olvido de sí que puede acompañarlo no es más que la consecuencia natural de esa atracción. En el altruismo resentido sucede lo contrario: la aversión hacia sí mismo es lo primero, y la referencia al otro no es más que el cauce accidental por el que esa aversión encuentra salida. En el primer caso hay amor; en el segundo, resentimiento.
De ahí que la simple dirección exterior del acto no baste para determinar su sentido moral. No es suficiente con constatar que alguien se ocupa del prójimo. Lo decisivo es la raíz desde la cual ese gesto se origina.
Para mostrar esta diferencia de manera concreta, Scheler recurre a la figura de san Francisco de Asís. Sus gestos hacia la enfermedad o la miseria podrían interpretarse superficialmente como una complacencia patológica en lo repugnante. Scheler rechaza esa lectura. Francisco no ama la llaga ni la suciedad en cuanto tales; ama la vida que en ellas persiste. No hay en él perversión del sentimiento, sino superación del asco mediante una percepción más profunda del valor. Allí donde la sensibilidad ordinaria sólo encuentra materia de rechazo, su mirada descubre una dignidad que merece amor.
Esta actitud contrasta radicalmente con ciertos fenómenos artísticos y literarios del realismo moderno que se complacen en la exhibición de la miseria y la degradación humanas. Esa fascinación por lo sórdido no nace del amor, sino del resentimiento. La mirada no atraviesa aquí el mal para descubrir el valor que pueda ocultar, sino que se detiene en el mal mismo, como si obtuviera de él una satisfacción encubierta.
Desde este punto se vuelve inteligible una de las tesis centrales del capítulo. El amor cristiano auxilia, pero no se define por la mera voluntad de auxiliar. Su centro no está en la supresión de una carencia ni en la promoción del bienestar, sino en la captación del valor positivo de la persona. El auxilio es consecuencia del amor, no su esencia.
Cuando este orden se invierte y la pobreza, la enfermedad o la humillación comienzan a ser consideradas bienes en sí mismos, el amor ha sido ya falsificado. Si Dios amara al pobre por su pobreza o al enfermo por su enfermedad, curar o enriquecer equivaldría a apartarlos de aquello mismo que los haría valiosos. La contradicción revela que estamos ya ante una inversión de valores propia del resentimiento.
Por eso Scheler insiste en que el valor del amor cristiano no puede medirse por su utilidad social ni por el incremento de bienestar que produce. Cuando el óbolo de la viuda vale más que los dones abundantes de los ricos, no es por su cuantía, sino por la intensidad del amor que expresa. El acrecentamiento de valor acontece ante todo en quien ama. El amor no es una institución de beneficencia ni una fuerza entre otras dentro del orden social. Es, en sí mismo, la forma más alta de existencia espiritual.
A partir de esta distinción, Scheler enlaza su análisis con una crítica de ciertas configuraciones morales modernas. El tipo humano cuya orientación hacia el otro nace de la fuga de sí y no de la plenitud no constituye, a su juicio, una rareza marginal. Puede encontrarse con frecuencia entre quienes viven animados por el llamado sentido social, cuando detrás de su actividad pública se deja entrever la incapacidad para sostener la propia vida interior. En tales casos, el apartamiento de sí se presenta como amor al prójimo cuando en realidad no es más que una huida moralmente ennoblecida.
El tipo humano que encarna la forma del altruismo como fuga de sí mismo no es una rareza abstracta, sino algo frecuente y reconocible en la vida social contemporánea. Es fácil tropezar con ese tipo que hallamos repetidamente entre los socialistas, los feministas y, en general, entre las personas animadas del llamado «sentido social», detrás de cuya actividad pública yace, perceptible con claridad, la incapacidad para concentrar la atención en su propia vida interior, en las cuestiones vitales que les son propias, en sus problemas personales. En estos casos, el apartarse de sí mismo se presenta como amor; pero Scheler sostiene que esa presentación es ilusoria: el «altruismo» como orientación meramente extrovertida, como mero estar vuelto hacia los otros y su vida, no tiene nada que ver con el amor.
El aparente amor a los débiles puede encubrir un odio secreto hacia la fuerza y la plenitud vital. Cuando el odio no puede exteriorizarse directamente, se desplaza hacia el amor por aquello que presenta los rasgos contrarios de lo odiado. La exaltación obsesiva de los pobres o de los humildes puede convertirse así en una forma indirecta de resentimiento contra los fuertes.
La confrontación final del capítulo enfrenta el amor cristiano con la filantropía moderna. Scheler sostiene que entre ambos no media una simple ampliación del círculo amado, sino una mutación completa de atmósfera espiritual. El amor cristiano se dirige a la persona en cuanto portadora de un valor espiritual irreductible. La filantropía moderna se dirige al hombre en cuanto ejemplar de la especie.
El criterio cualitativo del valor cede entonces su lugar al criterio cuantitativo. El amor parece valer tanto más cuanto mayor es el número de los que abarca. En este desplazamiento se consuma la transformación moderna del ethos.
El recorrido del capítulo muestra así una arquitectura precisa. Parte de la diferencia entre dos formas de amor —una nacida de la plenitud y otra de la fuga de sí— y culmina en la identificación del resentimiento como estructura subyacente de una constelación moderna de valores.
La diferencia decisiva entre el amor cristiano genuino y la filantropía moderna no es una diferencia de grado, sino de origen. El primero nace de la plenitud y se dirige al valor del otro. La segunda nace del vacío y se dirige al otro como vía de evasión respecto de sí.
En esa inversión originaria se decide, para Scheler, toda la diferencia entre el ethos cristiano y las formas modernas que pretenden haberlo sustituido.


