El poder del discurso sobre el saber técnico

5
minutos de tiempo de lectura

La del especialista ignorado es una escena filosófica que nunca termina de incomodar. El médico que no logra convencer al enfermo, el ingeniero cuya propuesta técnica naufraga en el pleno municipal, el científico que pierde el debate televisivo frente a un locuaz negacionista. No son anomalías de nuestra época; son, en realidad, el síntoma de una tensión que Platón diagnosticó con admirable precisión hace veinticuatro siglos. El lugar del diagnóstico es el diálogo Gorgias.

El interlocutor que da nombre al diálogo no es propiamente un filósofo, sino un sofista, un maestro de la palabra que viaja de ciudad en ciudad ofreciendo algo enormemente valioso y enormemente peligroso a la vez: la capacidad de persuadir. Su arte no es la medicina ni la arquitectura ni la náutica. Su arte es el discurso mismo. Y en el diálogo, ante la presión incansable de Sócrates, Gorgias acaba revelando sin pudor la magnitud de lo que está ofreciendo.

Cuando Sócrates le pregunta de qué trata la retórica, Gorgias podría haber dicho que trata de la política, de la justicia o de los grandes asuntos cívicos. Esa habría sido la respuesta prudente. Pero Gorgias va más lejos. La retórica, afirma, es el arte de la persuasión, y su dominio no se limita a ninguna materia en particular, sino que se extiende a todas. El rétor puede hablar de medicina, de ingeniería, de estrategia militar, de construcción de puertos o de murallas y en cada caso saldrá victorioso del debate frente al propio experto.

Esto no es una exageración retórica. Es, para Gorgias, una descripción técnica. La persuasión opera sobre la opinión, la doxa, no sobre el conocimiento, la episteme. Y dado que la mayoría de los hombres no posee conocimiento sino opinión, quien domine el arte de moldear opiniones tendrá siempre ventaja frente a quien solo posea el conocimiento de los hechos.

El pasaje más revelador de este planteamiento se encuentra en los parágrafos 455d–456b del Gorgias platónico. Sócrates y Gorgias discuten precisamente esta cuestión: si se llevara a un rétor y a un médico ante la asamblea de una ciudad para que debatieran sobre un asunto de salud pública, ¿a cuál de los dos escucharía la multitud? La respuesta de Gorgias es inequívoca: al rétor. No porque el rétor sepa más de medicina, sino porque sabe más de persuasión, y es la persuasión, no el saber, lo que determina las decisiones colectivas.

Si todos los hombres, sobre cualquier asunto, tuvieran memoria de lo pasado, conocimiento de lo presente y previsión de lo futuro, el discurso no tendría el poder que tiene. Pero, como no es así, la mayoría se deja persuadir por la opinión. Por eso, un discípulo de la retórica convencerá mejor a una multitud que un experto en la materia, como por ejemplo un arquitecto.

Este argumento condensa con notable precisión la lógica de Gorgias. La retórica no usurpa el lugar del conocimiento porque sea superior a él; lo usurpa porque los hombres no son dioses. La omnisciencia haría innecesaria la persuasión. La ignorancia la hace omnipotente.

El ejemplo del arquitecto merece atención particular. No es casual que Gorgias elija a un constructor para ilustrar su tesis. El arquitecto, el arkhitekton griego, encarna la figura del técnico por excelencia, porque es alguien que posee un saber riguroso, aprendido con esfuerzo, verificable en sus resultados y evaluable por sus pares. Una muralla se sostiene o no se sostiene. Una bóveda resiste o se derrumba. El conocimiento del arquitecto tiene consecuencias físicas inmediatas.

Sin embargo, ante una asamblea que deba decidir si construir esa muralla, dónde trazarla, con qué presupuesto, con qué urgencia, el arquitecto se encuentra en inferioridad de condiciones frente al rétor. No porque su saber sea menor, sino porque las decisiones colectivas no se toman en el plano del saber técnico, sino en el plano de la persuasión política. En lugar de evaluar planos, la asamblea gusta de escuchar discursos.

Esta observación de Gorgias tiene una dimensión descriptiva (así funcionan las cosas) y una dimensión normativa implícita que Platón rechazará de plano. Para Platón, el hecho de que las ciudades sean gobernadas por la retórica y no por el conocimiento es patología, no ley natural. La República y las Leyes pueden leerse, en parte, como el largo intento de imaginar una ciudad donde el arquitecto, o el filósofo, que en la argumentación platónica ocupa la misma posición de saber riguroso, sí sea escuchado.

Lo que hace que el argumento de Gorgias sea tan perturbador y tan perdurable es que no niega el valor del conocimiento técnico. No dice que el arquitecto sepa menos que el rétor. Dice algo más sutil y más inquietante: que en el espacio público, el saber no se impone por su verdad, sino por su capacidad de ser comunicado de modo persuasivo. El arquitecto que no sabe hablar ante la asamblea no solo pierde el debate. Pierde la ciudad.

Esta paradoja sigue viva. En los debates contemporáneos sobre cambio climático, salud pública o política económica, el patrón de Gorgias se repite con una regularidad desalentadora. El científico con décadas de investigación rigurosa y el comunicador con un micrófono y talento para la simplificación no compiten en igualdad de condiciones ante la opinión pública. No porque el público sea estúpido, sino porque la persuasión y la demostración son formas distintas de acceso a la verdad, con velocidades y eficacias muy diferentes.

Sócrates, en el diálogo, intentará demostrar a Gorgias que su arte es un engaño, una adulación y una sombra de la política verdadera. Pero el argumento de Gorgias sobre la asimetría entre el saber y la persuasión resiste la crítica socrática con una solidez que el propio Platón parece reconocer, porque dedicó una vida entera a combatirla. Y es posible que esa resistencia sea, en sí misma, la prueba más elocuente de que Gorgias tenía razón.

TE PUEDE INTERESAR

El poder del discurso sobre el saber técnico - Cercedilla.com