Hay una idea que, si se mira sin prisa, se vuelve obstinada, que la muerte no es sólo el fin de la vida, sino la privación de aquello que hace que la vida sea posible. No quita únicamente los bienes concretos, bienes como las experiencias, los afectos o las obras, sino la misma capacidad de tenerlos. En esto insistía Nagel. La muerte es un mal en sí misma, y lo es siempre, incluso cuando la vida parece agotada, como si el tiempo se hubiera cerrado sobre sí, según la imagen sobria de Gabriel Marcel. No importa que el porvenir no prometa ya nada; mientras haya posibilidad, hay pérdida. Y donde hay pérdida de posibilidad, hay ya un daño que no se puede compensar.
Conviene detenerse un momento en esto. No es la calidad de las experiencias lo que funda, en primer término, el valor de la vida, sino el hecho más elemental y más difícil de pensar: estar vivo. Tener experiencia, cualquiera que sea, es ya un bien. Y, sin embargo, las malas experiencias, el dolor, el tedio o la desesperanza, no bastan para convertir la vida en un mal ni la muerte en un bien. Aquí hay una resistencia del pensamiento, como si algo en nosotros se negara a aceptar que el no ser pudiera ser preferible al ser. Por eso, incluso en condiciones extremas, la vida conserva un resto de valor que no procede de sus contenidos, sino de su mera posibilidad.
Nagel lo expresa con una claridad que desarma; no es la suma de bienes, dice, lo que hace valiosa la vida, sino el hecho de poder tenerlos. La experiencia misma añade un peso positivo, independiente de lo que contenga. De ahí que la muerte sea siempre una pérdida, porque interrumpe esa capacidad abierta, ese campo de lo posible que constituye al sujeto. No se trata, por tanto, de comparar una vida concreta con otra posible, ni de calcular si habría habido más bienes que males. El juicio es anterior a todo cálculo; la muerte priva y esa privación basta.
Ahora bien, si descendemos un grado más, advertimos que la pérdida es aún más radical. La muerte no sólo elimina posibilidades; elimina al sujeto mismo de esas posibilidades. No deja un vacío en la vida, sino que borra al que podría experimentarlo. Es el fin de un individuo irrepetible, de un centro de perspectivas, de una conciencia que no puede ser sustituida. Por eso, incluso la llamada muerte natural participa de este carácter de mal; no hay aquí una oposición entre lo bueno y lo malo, sino entre dos modos de pérdida. Morir joven o morir viejo puede diferir en lo que se pierde; no difiere en que se pierde.
No obstante, la experiencia humana introduce una fisura en esta afirmación. Hay situaciones en que el individuo, desde dentro de su vida concreta, puede preferir la muerte. No porque la muerte deje de ser un mal, sino porque la vida se ha vuelto para él más difícil de soportar que su ausencia. El dolor continuo, la pérdida de sentido, la fatiga de existir, todo ello puede inclinar la balanza. Pero entonces no se elige entre un bien y un mal, sino entre dos males. Se prefiere el que no se siente al que se siente demasiado.
En rigor, tampoco se elige entre la vida y la muerte, sino entre dos momentos de la muerte, entre la inmediata y la futura. La primera interrumpe el sufrimiento; la segunda lo prolonga. Así, lo que parece una renuncia a la vida es, más bien, una huida del dolor que la ocupa. La vida, en sí, no ha perdido su valor; lo que ha perdido es su habitabilidad.
Queda entonces esta conclusión, que no es del todo consoladora, pero sí limpia, a saber, que la muerte es un mal en sí misma porque priva del ser, porque clausura la posibilidad y porque suprime al que podría todavía esperar. Y, sin embargo, el hombre, este hombre concreto, de carne y hueso, que sufre y decide, puede, en ciertos momentos, inclinarse hacia ella, no como hacia un bien, sino como hacia un descanso sin sensación.





