Kant. Sobre el presunto derecho de mentir por filantropía

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A finales del siglo XVIII surgió una discusión filosófica breve en extensión, pero profunda en sus consecuencias. Todo comenzó con una observación de Benjamin Constant, publicada en Francia en 1797 dentro del apartado «De las reacciones políticas». Aquella observación estaba dirigida, aunque sin nombrarlo, contra un filósofo alemán: Immanuel Kant.

Constant planteaba una objeción que, a primera vista, parecía de sentido común. Si se afirma que decir la verdad es siempre un deber absoluto, entonces ese principio conduciría a situaciones absurdas. Imaginemos, decía, que un asesino pregunta si un hombre al que persigue se ha refugiado en nuestra casa. Según la doctrina kantiana, mentir incluso en ese caso sería un delito. Pero ¿no resultaría imposible la vida social si la verdad debiera decirse sin excepción?

Para resolver la dificultad, Constant introduce una distinción jurídica. Un deber, sostiene, existe únicamente en relación con un derecho. Allí donde nadie tiene derecho a algo, tampoco puede existir el deber correspondiente. Decir la verdad, por tanto, sólo sería obligatorio frente a quienes tienen derecho a ella. Y nadie posee derecho a una verdad que pueda perjudicar a otro. De este modo, la veracidad dejaría de ser un deber absoluto para convertirse en un deber condicionado por las circunstancias.

Kant responde a esta tesis señalando lo que considera su error inicial. Lo llama el πρτον ψεδος, el “primer error”. Dicho error consiste en hablar de un supuesto “derecho a la verdad”, como si la verdad fuese una especie de objeto que pudiera concederse a unos y negarse a otros. Para Kant, esa forma de hablar es filosóficamente confusa. Nadie tiene derecho a poseer una verdad como si fuera una propiedad; lo que cada persona posee es el deber de su propia veracidad, es decir, la obligación de no falsear deliberadamente sus declaraciones.

A partir de esta corrección conceptual, Kant reformula el problema. La cuestión ya no es si alguien tiene derecho a recibir una verdad, sino si el hombre puede permitirse mentir cuando se ve obligado a responder. Y la respuesta kantiana es tajante: cuando una declaración no puede eludirse, la veracidad constituye un deber formal hacia cualquier otro ser humano, independientemente de las consecuencias que puedan derivarse de ella.

Este punto es central en su argumento. Kant distingue entre causar un daño y cometer una injusticia. Puede ocurrir que decir la verdad perjudique a alguien; pero ese perjuicio sería un efecto accidental de las circunstancias, no una injusticia imputable al que habla. En cambio, mentir introduce un principio destructivo en el orden del derecho, porque socava la confianza en las declaraciones humanas, sobre la cual se sostienen todos los contratos y todas las relaciones jurídicas.

De ahí que la mentira no deba definirse únicamente como una falsedad que perjudica a otro individuo concreto. Para Kant, mentir es simplemente declarar algo falso con intención. Aunque no dañe directamente a nadie, siempre perjudica a la humanidad en general, porque debilita la base misma del derecho: la confianza en la palabra dada.

El célebre ejemplo del asesino permite ilustrar esta lógica. Si se dice la verdad, puede suceder que el criminal sea detenido por otros y el crimen no llegue a consumarse. En ese caso, quien dijo la verdad no es responsable de ninguna consecuencia. Pero si se miente, y el asesino encuentra a su víctima por otro camino, el mentiroso podría ser considerado responsable de haber contribuido indirectamente al resultado.

La conclusión kantiana no se basa, por tanto, en un rigorismo moral abstracto. Su fundamento es jurídico: la veracidad es la condición que hace posible el sistema mismo del derecho. Si se admitiera una sola excepción a este principio, el carácter universal de la norma quedaría destruido, y con él la confianza necesaria para toda vida civil.

Por eso Kant formula finalmente su tesis con una claridad casi austera:
la veracidad en todas las declaraciones es un mandato incondicional de la razón, que no puede limitarse por ninguna consideración de conveniencia.

En otras palabras: cuando la palabra pierde su firmeza, el derecho comienza a desmoronarse y la sociedad deja de creer poco a poco en sí misma.

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