La lámpara y el alba

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La muerte, la identidad personal y la esperanza

Este trabajo examina la muerte desde la antropología filosófica de Tomás de Aquino, mostrando que no constituye únicamente un fenómeno biológico, sino un problema ontológico que afecta al ser mismo de la persona. Tras analizar la singular condición del ser humano frente al ángel y al animal, el estudio muestra cómo la conciencia de la propia mortalidad configura la cultura, la memoria, el arte y la vida moral. Se distingue entre la explicación científica de los procesos del morir y la pregunta filosófica por el significado de dejar de ser, subrayando la insuficiencia de una interpretación exclusivamente naturalista. A partir de la metafísica hilemórfica tomista, la muerte se entiende como disolución de la unidad de materia y forma propia del ser humano, lo que conduce a la cuestión decisiva de la identidad personal. Finalmente, el artículo analiza las principales respuestas históricas al problema de la muerte —el estoicismo, la actitud heroica clásica, la rebeldía existencial y la esperanza cristiana— para concluir que la originalidad del cristianismo reside en afirmar no sólo la inmortalidad del alma, sino la resurrección de la persona entera. La imagen de la lámpara que permanece

Toda filosofía del hombre llega al mismo punto. Puede comenzar preguntándose qué es la inteligencia, cómo nace la libertad, por qué amamos o qué significa habitar un cuerpo, pero, igual que todos los ríos terminan encontrando el mar, toda antropología desemboca finalmente en la muerte, donde cesan las cuestiones accesorias y permanece sola la pregunta decisiva: ¿qué significa dejar de ser?

He seguido a Tomás de Aquino en su idea de que el cuerpo no es un añadido accidental al hombre y que es por él por lo que somos individuos irrepetibles, recorremos los caminos paso a paso, habitamos un mundo, vivimos orientados hacia un horizonte y construimos una historia. Pero esa misma condición corporal encierra también una consecuencia que ninguna otra posee: es por el cuerpo también por lo que tenemos que morir. No se trata de un desenlace que sobreviene desde fuera, como la tormenta que sorprende al caminante o la enfermedad que altera una vida. La mortalidad está inscrita en la estructura misma de nuestro ser corporal. Desde el instante en que un niño llora su primer llanto, el tiempo comienza también su tarea silenciosa. Cada día añade algo a la vida y algo consume de ella. La infancia, la juventud, la madurez y la vejez no son compartimentos aislados, sino estaciones de un mismo viaje cuyo destino está fijado desde el principio, aunque procuremos no pensar en él.

Hay una paradoja que acompaña toda vida. Todos sabemos que vamos a morir, pero vivimos siempre como si esa certeza perteneciera a los demás. Asistimos al funeral de un amigo, acompañamos a nuestros padres hasta el cementerio, leemos las necrológicas del periódico o miramos fotografías de personas que ya no existen. Es fácil aceptar que la muerte es universal, pero levantamos una discreta barrera entre esa verdad y nosotros. En algún rincón secreto del alma seguimos comportándonos como si la muerte fuese siempre una noticia ajena, un suceso que acontece a otros. Borges captó esa contradicción con ironía y la trasladó a los versos de un poeta musulmán del siglo XII que él imaginó:

“¿Morirme yo?

Eso es algo que acontece a las rosas y a Aristóteles,

no a mí, que soy súbito de Yacub al Mansur.”

La leve sonrisa que despiertan estos versos nace de que reconocemos en ellos nuestra propia actitud. Sabemos que la muerte existe, pero nos cuesta incorporarla a la imagen que tenemos de nosotros mismos. La aceptamos como una ley general y la rechazamos como destino personal. Entre el conocimiento y la imaginación se abre una distancia que ninguna demostración consigue cerrar del todo.

Es una extraña con la muerte. Ahora que ha dejado de creer en la inmortalidad, nuestra época se expresa en esos versos, ahora que se vive tanto tiempo merced a una denodada lucha contra ella, se la menciona menos que en cualquier otro tiempo. Durante siglos formaba parte del paisaje cotidiano. Los niños veían morir a sus abuelos en casa, las campanas anunciaban el fallecimiento de un vecino, los cementerios se situaban dentro de las ciudades y recordaban, incluso a quienes no querían pensar en ello, que toda vida tiene un límite.

Hoy ocurre lo contrario. La muerte ha abandonado las casas para instalarse en hospitales y tanatorios, apenas pronunciamos su nombre y ha acabado por convertirse en una presencia oculta, administrada por profesionales y cuidadosamente apartada de la conversación ordinaria. Es como si una civilización entera hubiera decidido cerrar la puerta de una habitación de la casa con la esperanza de olvidar lo que, pese a todo, permanece detrás de ella. La habitación sigue ahí con todo lo que hay en su interior. Vivimos rodeados de relojes que llevamos prendidos en la muñeca, en el bolsillo, en el salpicadero del automóvil y en la esquina luminosa de todas las pantallas. Ninguna civilización consultó tantas veces la hora ni pensó tan poco en el tiempo. Es como una casa cuyas paredes están cubiertas de relojes que avanzan silenciosamente mientras sus moradores conversan, ríen, trabajan y hacen proyectos procurando no levantar la vista hacia las agujas. Cada tic-tac pasa inadvertido y sólo cuando la casa queda en silencio advertimos que los relojes nunca dejaron de marcar las horas.

La muerte posee esa condición. No es sólo el último acontecimiento de la vida; es el único capaz de proyectar su sombra sobre todos los anteriores cuando se advierte su llegada inevitable. Cambia el significado de la infancia, porque sabemos que no volverá, del amor, porque comprendemos que cada abrazo puede ser irrepetible, del trabajo, porque el tiempo para realizarlo es limitado, y de la memoria, porque un día ya no quedará nadie que abrigue algún recuerdo de nuestros recuerdos. Vista desde ella, la vida deja de parecer una sucesión indefinida de días y adquiere la forma de una totalidad. A partir del instante en que se la vislumbra con claridad las horas pesan más, las decisiones dejan de ser intercambiables, los encuentros se vuelven únicos, la vida deja de ser una reserva inagotable de mañanas y se convierte en una lámpara cuya luz, por causa de que no arderá para siempre, hace precioso cada instante que ilumina.

Éste es el lugar donde toda filosofía termina encontrándose consigo misma. Mientras hablamos del conocimiento, de la libertad o de la cultura, todavía es posible mantener cierta distancia. Pero cuando la pregunta se dirige hacia la muerte, deja de haber espectadores, cada meditación se vuelve autobiográfica y cada argumento acaba pronunciándose en primera persona. Es así, en fin, porque la muerte nunca es solamente un tema de estudio, sino el horizonte de toda vida. Sólo quien se atreve a mirarlo de frente comienza a comprender con una claridad nueva lo que significa verdaderamente estar vivo.

Tres criaturas ante la muerte

Una pregunta atraviesa toda la antropología de Tomás de Aquino, que conviene traer a colación: ¿qué distingue, en último término, al hombre de las demás criaturas? Hay muchas respuestas posibles. Puede decirse que el hombre razona, habla, crea cultura, transforma el mundo mediante la técnica y muchas cosas más, todas importantes y verdaderas, pero nada revela con tanta claridad su lugar en el universo como la relación que mantiene con su ineluctable final.

Basta comparar la actitud de tres criaturas:

  1. El ángel sabe que no va a morir.
  2. El hombre sabe que va a morir.
  3. El animal no sabe que va a morir.

Estas tres afirmaciones tan sencillas en apariencia contienen una visión completa de la realidad. Entre ellas se dibuja un mapa del ser, una gradación que va desde la inteligencia puramente espiritual hasta la vida puramente sensible, pasando por esa condición intermedia y dramática que es la existencia humana.

La primera afirmación resulta comprensible. Si existe una sustancia espiritual, libre de la composición material que caracteriza a los seres corporales, la muerte no forma parte de su vida. No espera un final, porque su modo de existir excluye la corrupción. Para él no existe ese lento desgaste con el que el tiempo va dejando su huella sobre todas las cosas materiales. Nunca ha visto aparecer una arruga en su rostro, porque no tiene rostro, y nunca ha sentido cómo disminuyen sus fuerzas, porque no posee un organismo que pueda agotarse. Su existencia no avanza hacia un término, sino que permanece en el ser.

La tercera afirmación también parece evidente. Los animales luchan por conservar la vida. Un ciervo huye del lobo, una golondrina abandona el nido cuando percibe el peligro, un perro herido busca refugio. Todo ello manifiesta un poderoso instinto de conservación, pero no es lo mismo defender la vida que comprender que hay que morir. El animal experimenta el dolor, no la mortalidad, y siente el peligro inmediato, no el destino final. El animal no vive bajo la sombra de una pregunta que todavía no ha llegado. Él está limitado a habitar el presente con una intensidad que a veces los hombres contemplamos con envidia. El gorrión no deja de cantar porque un día vaya a morir ni el caballo medita sobre el otoño y se pregunta si volverá a ver otra primavera. Ningún animal interrumpe el descanso de la tarde porque acaba de descubrir de pronto que también a él le llegará la noche total y absoluta. Su vida transcurre enteramente dentro del instante, en un presente eterno, sin pasado ni futuro. No es que el tiempo y su desgaste no existan para él. Lo que le sucede es que carece de esa distancia interior desde la cual el hombre puede abrazar mentalmente toda su propia existencia y contemplarla como una unidad.

Aquí aparece la singularidad humana. El hombre no vive únicamente el presente. Vive también el futuro que puede anticipar, imaginar, temer y esperar. Puede proyectar su inteligencia muchos años por delante y descubrir, con una claridad casi insoportable, que llegará un día en el que él mismo ya no estará allí para contemplar aquello que ahora imagina.

Pienso en una escena mil veces repetida. Un padre observa jugar a sus hijos en un jardín una tarde de verano. La luz cae lentamente sobre la hierba, se oye el rumor de las hojas movidas por el viento y, a lo lejos, las campanas de una iglesia marcan la hora. Nada extraordinario sucede, mas de improviso una idea atraviesa su conciencia con la rapidez de un relámpago: “Llegará un día en que ellos seguirán viviendo y yo ya no estaré aquí.” Todo continúa exactamente igual: los niños siguen riendo, los árboles permanecen inmóviles bajo el sol, el aire conserva el mismo aroma de la tarde, pero el mundo entero ha cambiado de perspectiva, todo tiene un sentido nuevo para él.

Es el futuro que de pronto ha irrumpido en el presente. Ningún animal conoce una experiencia semejante, no contempla a sus crías preguntándose quién las verá crecer cuando él haya desaparecido, o construye una tumba pensando en el día en que será ocupada, o escribe un testamento, o levanta un monumento para conservar la memoria de sus muertos, o pregunta qué sentido tiene la vida precisamente porque no sabe que terminará. Todo eso, que es exclusivo del hombre, es la raíz profunda de su cultura. Se dice que el hombre crea arte porque posee inteligencia, escribe libros porque tiene lenguaje, labra surcos porque se procura el pan y todo es cierto. Pero hay una razón todavía más honda. El hombre crea arte porque sabe que el tiempo pasa, escribe porque teme el olvido, levanta ciudades porque desea permanecer y conserva retratos porque la memoria intenta rescatar algo de lo que el tiempo destruye. Incluso los nombres grabados sobre una lápida son una forma humilde de resistencia frente a la aniquilación. Cuando se piensa correctamente en estas cosas la historia entera adquiere un significado nuevo. Las pirámides de Egipto, los túmulos funerarios prehistóricos, las tragedias griegas, los retratos del Renacimiento, los cementerios románticos, las elegías de Rilke o las páginas de Tolstoi forman parte de una misma conversación mantenida durante milenios. Cambian las lenguas, las religiones y las civilizaciones, pero la pregunta siempre es la misma: ¿Qué significa morir?

Con esto no se ha llegado aún al núcleo del problema, pues decir que el hombre sabe que va a morir es sólo una verdad a medias, porque de paso que lo sabe lo niega. Esa extraña división interior es una de las experiencias más profundas de la condición humana, que me lleva al siguiente paso, al momento en que uno mismo descubre su mortalidad y al mismo tiempo dedica buena parte de su vida a ocultársela. Los humanos no hemos hallado, desde el comienzo de los tiempos, otra escapatoria del Hades que negarlo de una u otra forma o no pensar en él. Sólo comprendiendo esa paradoja es posible comprender por qué la muerte es la verdad más evidente y la más difícil de aceptar.

La conspiración contra el morir

Es sumamente difícil que alguien puede vivir siendo plenamente consciente de su propia muerte en cada instante de su existencia, pero si la olvidara por completo tampoco viviría una vida humana digna, porque vivir como hombre consiste en habitar ese frágil equilibrio entre la memoria y el olvido.

Sé que voy a morir, pero paso la mayor parte de la vida procurando no pensar en ello. No se trata de una mentira deliberada, sino de un mecanismo más sutil. Se trata de afirmar algo y resistirse a admitirlo. Ambas actitudes conviven dentro de mí como dos moradores de la misma casa que no se dirigen la palabra. La idea de la muerte posee esa extraña condición. Es la certeza más universal y al mismo tiempo la menos incorporada a nuestra experiencia cotidiana. Ninguna verdad es más segura y ninguna se vive con mayor dificultad.

La ironía de las palabras de Borges no consiste en negar esa verdad, sino en mostrar la secreta excepción con la que cada uno de nosotros piensa en sí mismo. Admito sin dificultad que Sócrates, César, Cervantes y mis abuelos murieron, incluso acepto que un día morirán los que hoy me rodean, pero cuando trato de ponerme yo en ese lugar algo se rebela con una fuerza oscura que no sé cómo vencer. El sujeto que dice “yo” nunca consigue imaginar su propia ausencia. Puede imaginar su entierro, una habitación vacía, una fotografía sobre una mesa, unas flores marchitas junto a una lápida, pero en todas esas escenas él seguirá siendo espectador. Siempre queda un “yo” contemplando la escena desde algún lugar invisible. La imaginación tropieza con un límite que no sabe atravesar.

Esta es la razón de que la muerte haya sido expulsada del paisaje cotidiano. Durante siglos estaba presente en el centro mismo de la vida. Se moría en casa, los niños crecían viendo apagarse lentamente a los ancianos, las campanas doblaban por un vecino conocido, los cementerios rodeaban las iglesias, recordando a los vivos que compartían el mismo destino que aquellos cuyos nombres podían leerse sobre las piedras. La muerte era una vecina, no un suceso extraordinario. Hoy morimos en hospitales, acompañados por máquinas que prolongan unas horas o unos días la respiración, los cadáveres desaparecen rápidamente de la vista, el duelo se concentra en lugares especializados. Hasta el lenguaje busca rodeos: decimos que alguien “se ha ido”, “nos ha dejado”, “descansa”, etc., cuando nadie hay que se marche o que abandone a otro. Son frases nacidas de la delicadeza, el afecto y el temor, que revelan una dificultad creciente para pronunciar la palabra más sencilla de todas: morir.

Hay una paradoja en el hecho de que una civilización que ha acumulado tantos conocimientos sobre los procesos biológicos de la muerte y la haya alejado tanto de la experiencia ordinaria, que sabe describir con extraordinaria precisión el funcionamiento de una célula, el deterioro de un órgano o la actividad eléctrica del cerebro no enseñe apenas a acompañar a un moribundo o hablar serenamente del final de la vida. Se ha iluminado con poderosos focos todo aquello que rodea a la muerte procurando dejar en penumbra la muerte misma.

Es como esas grandes ciudades que permanecen despiertas hasta muy entrada la noche, cuando las calles siguen iluminadas, los comercios continúan abiertos, las pantallas proyectan una incesante sucesión de imágenes y el ruido apenas disminuye, cuando todo parece organizado para que nunca llegue el silencio, pero basta que se produzca un apagón para que de pronto cese el murmullo de los motores, los escaparates queden oscuros, las ventanas se conviertan en rectángulos negros y los teléfonos dejen de brillar, para descubrir algo que el exceso de luz impedía advertir: que la noche siempre había estado ahí y que era el exceso de luz lo que impedía verla.

También puede vivirse una vida llena de ocupaciones, proyectos, viajes, éxitos y distracciones, de cosas rutinarias y tristes y bellas. Es un fárrago alegre y arriesgado que todo lo ocupa, pese a que no logra abolir el horizonte hacia el que me encamino, pese a que sólo logra ocultarlo durante un tiempo, del mismo modo que las luces de la ciudad impiden contemplar la noche. Cuando ese tiempo cotidiano se rompe irrumpe la sombra de la Parca con la fuerza de algo que había sido una idea abstracta y adquiere de pronto un rostro concreto. La enfermedad del amigo, el diagnóstico inesperado, el funeral de un hermano, la silla vacía en la mesa familiar… Una sola de estas experiencias basta para que el armazón entero de una vida cambie de proporción. A partir de ella lo que parecía urgente deja de serlo, lo que parecía secundario ocupa de pronto el primer lugar, las horas adquieren densidad, los días dejan de sucederse con indiferencia y empiezan a sentirse como un bien escaso.

Nada ha cambiado en verdad, excepto tú, a quien ha sobrevenido esa experiencia. El horizonte siempre estuvo ante tus ojos. Sólo ha desaparecido la niebla que te impedía verlo.

En este punto la filosofía abandona las descripciones psicológicas y se hace una pregunta más radical: ¿por qué muere el hombre? No es preguntar por qué envejece su organismo o por qué cesan las funciones biológicas del cuerpo. Ésas son cuestiones que pertenecen a la medicina y a la biología. La pregunta de la filosofía va más allá. ¿Qué hay en la constitución del hombre que hace posible la muerte?

Si se responde bien a esta pregunta se comprenderá por qué el ángel no muere y por qué la mortalidad no es, en último término, un problema biológico, sino ontológico.

La muerte no es un problema biológico

Suele responderse que el hombre muere porque envejece, o, de modo más concreto, porque las células dejan de regenerarse con la misma eficacia, los órganos se deterioran, el corazón pierde fuerza y, finalmente, el organismo deja de sostener la vida. Todo eso es cierto, pero no es una respuesta completa, pues se dice cómo sucede la muerte, no qué es.

Puede parecer una diferencia sutil, pero es la raya que separa dos maneras completamente distintas de comprender la realidad. Una ciencia describe los procesos por los que una hoja cae del árbol en otoño: el descenso de la savia, la transformación de la clorofila, el debilitamiento del pecíolo, la acción del viento. Sin embargo, ninguna de esas explicaciones responde a la pregunta de por qué una hoja puede desprenderse mientras un rayo de sol no puede hacerlo. Para responder a eso ya no basta la física. Hay que preguntarse por el modo de ser de una y otro.

Algo semejante ocurre con la muerte. La medicina explica admirablemente cómo muere un organismo, la filosofía pregunta por qué un organismo puede morir.

Tomás de Aquino responde recurriendo a uno de los principios fundamentales de toda su metafísica. Los seres materiales están compuestos de materia y forma. No son una realidad simple, sino una unidad de dos principios inseparables mientras el ser vive. La forma da al cuerpo su organización, su vida y su identidad, la materia hace posible que esa forma exista en el mundo sensible. Precisamente porque existe esa composición, existe también la posibilidad de su disolución. Todo lo compuesto puede descomponerse.

No sólo una casa cuyos muros terminan derrumbándose o un barco cuyas tablas acaban separándose bajo la acción del mar. También un árbol que se seca, un animal que perece y un cuerpo humano que envejece manifiestan esa misma ley inscrita en toda la realidad material. El tiempo no destruye lo que es simple. Más bien deshace lo compuesto. Por eso la muerte no es en primer lugar un fenómeno biológico, sino una posibilidad ontológica.

Sean dos esferas. La primera existe únicamente como figura geométrica. No está hecha de cristal, hierro o madera. Es sólo una forma inteligible. Puede ser pensada y descrita y se pueden demostrar sus propiedades matemáticas. Pero nadie puede romperla, porque no está hecha de ningún material susceptible de fragmentarse. La segunda es una esfera de cristal apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz de la tarde atraviesa su transparencia y proyecta sobre la pared pequeños círculos irisados. Tiene peso, volumen, puede tocarse con la mano, puede caer y, como puede caer, puede romperse. Lo que se rompe no es la esfericidad, la esfera en sí inteligible. Se rompe la esfera de cristal.

La diferencia es decisiva. La forma permanece inteligible incluso cuando el objeto desaparece. Lo que deja de existir es esa realidad concreta donde la forma y la materia estaban unidas.

Es lo que sucede con nosotros porque nuestro cuerpo participa de esa condición material: respira, crece, cicatriza, envejece, siente el frío del invierno y el calor del verano. Todo eso pertenece a la riqueza de la existencia corporal, pero esa misma riqueza lleva consigo una fragilidad inseparable, porque todo lo que florece puede marchitarse, todo lo que crece puede deteriorarse y todo lo que comienza a existir puede dejar de existir. En suma, todo lo que puede no ser acaba no siendo.

El ángel no pertenece a este orden de seres. Pero no es de otro orden porque sea resistente, posea una energía inagotable o disfrute de una juventud perdurable, como los dioses griegos. Nada de eso. Es sólo porque el ángel, como la esfera inteligible, es otra clase de realidad, para la que se excluye desde el principio lo que hace posible la corrupción de los seres compuestos.

El ser del ángel se parece más a una melodía concebida íntegramente por un compositor que a un violín construido por un artesano. El violín puede romperse porque la madera puede astillarse o las cuerdas tensarse hasta quebrarse, pero la melodía no envejece con el instrumento, pues pertenece a otro orden.

Tomás de Aquino lo dice sin metáfora: el ángel no muere porque no hay en él composición de materia y forma cuya unidad pueda disolverse. No es en una excepción biológica, sino en una diferencia ontológica donde radica el motivo real de su inmortalidad.

Esto conduce a una dificultad aún mayor. Si la muerte es la disolución del compuesto, ¿qué sucede cuando éste deja de existir?, ¿hay algo que desaparece y algo que permanece en el ser? La física responde que los átomos continúan, la química que la materia cambia de organización y la biología describe el cese de las funciones vitales, pero ninguna responde a la pregunta que inquieta a todo hombre alguna vez en su vida, cuando vislumbra la negra noche: ¿qué sucede con aquel que decía “yo”?

Esa pregunta obliga a abandonar definitivamente el terreno de las ciencias naturales y asomarse al borde mismo del abismo ontológico, el que hay entre ser y no ser. Ahí comienza la cuestión más difícil de todas: qué significa, en sentido estricto, dejar de ser.

¿Qué es dejar de ser?

Por lo dicho, hay que apartar desde el principio la idea de que la muerte es un hecho físico, porque no consiste sólo en que un organismo deja de funcionar, sino en alguien que deja de ser. Puede parecer que la diferencia es pequeña, pero en realidad es inmensa.

Cuando una casa queda abandonada, las paredes permanecen en pie durante años, las ventanas siguen recibiendo la luz de la tarde, el viento continúa entrando por las habitaciones abiertas, incluso los muebles conservan durante un tiempo la forma de la vida que allí transcurrió, pero cualquiera que atraviese el umbral comprende inmediatamente que falta algo esencial. La casa sigue siendo una casa, pero ya no es un hogar.

Con el cadáver sucede algo parecido. Durante unos instantes después del deceso permanecen el mismo rostro, las mismas manos, la misma voz ya silenciosa, el mismo cabello que unas horas antes acariciábamos. Todo parece seguir allí. Sin embargo, todos percibimos que aquello que hacía de ese cuerpo una persona ha desaparecido. Nadie necesita una explicación filosófica para advertir esa diferencia. La experiencia la impone con una evidencia que ningún razonamiento puede aumentar.

Esa es la evidencia que conduce a la pregunta más difícil: ¿qué es lo que ha desaparecido? Las ciencias naturales responden con admirable precisión a muchas cuestiones relacionadas con la muerte. Describen el enfriamiento del cuerpo, la interrupción de la circulación sanguínea, la degradación progresiva de los tejidos y el retorno de los elementos químicos al gran ciclo de la naturaleza. Todo ello es verdadero y necesario. Ahora bien, cuando terminan sus explicaciones la pregunta sigue en pie, sin una respuesta que la anule, pues nadie ha amado nunca un conjunto de moléculas, ni ha llorado la pérdida de una determinada organización celular. Lo que se ama y se llora es la desaparición de una presencia personal.

Hay noches en que una ciudad vista desde una colina parece un inmenso océano de luces. Miles de ventanas permanecen encendidas, algunas se apagan mientras otras comienzan a iluminarse. Desde la distancia, el conjunto apenas cambia. La ciudad continúa respirando bajo la oscuridad como un organismo inmenso. Algo así ocurre en la naturaleza: los átomos permanecen, la energía cambia de forma, la materia circula incesantemente de unos seres a otros y nada se pierde para siempre.

Los antiguos filósofos conocían esta continuidad mucho antes de que la física moderna pudiera describirla con precisión. Hoy sabemos que las mismas partículas que forman nuestro cuerpo pertenecieron hace millones de años a montañas, océanos, árboles y estrellas extinguidas. La materia cambia de configuración sin cesar. La corriente eléctrica recorre silenciosamente todas las calles de la ciudad, cuyas luces se encienden y se apagan. Así es el universo entero. Mas hay una excepción, una sola excepción. Lo que cada cual llama su “yo” es el verdadero escándalo de la muerte.

¿Qué importa que los átomos continúen sus trayectorias por el espacio si quien contemplaba ese universo ya no está? ¿Qué consuelo puede ofrecer que la energía permanezca constante si ha desaparecido quien era capaz de amar, recordar, esperar, sufrir o perdonar?

Toda la cuestión se concentra en ese pequeño pronombre que pronunciamos miles de veces sin detenernos a pensar en él: “yo”. La pregunta definitiva es ¿qué soy yo?

Con ese pronombre no señalamos un órgano del cuerpo ni una función biológica. Señalamos un sujeto único, alguien que posee una historia que nunca volverá a repetirse. Ese niño que aprendió a leer bajo la lámpara del comedor, ese adolescente que descubrió el amor una tarde de primavera, ese anciano que conserva todavía la voz de su madre como un eco lejano… Todo eso es lo que construye una biografía singular. Sobre eso únicamente tiene la muerte una palabra definitiva: fin.

Cuenta Plutarco que uno de los gimnosofistas respondió a Alejandro Magno, que había querido saber si son más los vivos o los muertos, con una frase de una sencillez casi insoportable: “son más los vivos que los muertos, porque los muertos ya no son.” No dijo que habitaran otro lugar, que descansaran o habían emprendido un viaje. Lo que dijo fue más radical: que ya no son. ¿Cómo contarlos?

El no ser no admite imágenes ni individualizaciones. Es posible imaginar una isla lejana, un océano desconocido o una ciudad escondida tras las montañas. Todo eso pertenece todavía al ser. Pero el no ser no posee paisaje, horizonte, silencio ni oscuridad. No es un lugar al que se vaya. Es la ausencia de todo lugar. Como no podemos soportar esta evidencia, recurrimos a metáforas de viaje cuando hablamos de la muerte, pero son inadecuadas, porque para que haya viaje tiene que haber viajero, que es lo que falta cuando el yo ha pasado del ser al no ser.

En cuanto la certeza que responde a la pregunta última se convierte en una experiencia propia la vida entera se reorienta. Preocupaciones que ayer eran angustiosas disminuyen hasta el olvido, el orgullo pierde su fuerza, la ambición no ocupa el centro. Una conversación junto a la cama de un enfermo o una tarde compartida con un hijo tienen más peso que muchos triunfos y el tiempo ya no se ve como un recurso renovable, sino como un regalo que se consume conforme se vive.

Esto es estar al borde del abismo, hasta donde puede conducir la filosofía con la sola fuerza de la razón y puede mostrarnos la gravedad de la pregunta, pero no puede impedir el vértigo, porque en la pregunta hay una oscuridad que casi ninguna mente puede mirar durante largo tiempo. Y es ahí, en ese borde, donde aparecen las respuestas más hondas que los hombres han intentado dar a la muerte: la rebelión de Unamuno, la serenidad de los estoicos, el heroísmo de los mártires o la esperanza inaudita del cristianismo.

Al borde del abismo

Hay personas que se asoman a la pregunta y retroceden enseguida a sus ocupaciones. Otros vuelven a encontrarla cuando muere un ser querido, cuando una enfermedad altera inesperadamente el curso de su vida o cuando los años comienzan a hacer visible algo que durante mucho tiempo parecía pertenecer únicamente a los demás. También hay quienes viven acompañados por ella desde muy jóvenes, como si una ventana se hubiera abierto demasiado pronto hacia un paisaje que ya nunca podrán olvidar. Pero nadie puede permanecer indefinidamente mirando ese confín. Podemos discutir durante horas sobre el origen del universo, la naturaleza del tiempo o el fundamento de las leyes morales. Son cuestiones difíciles, pero permiten cierta distancia. La muerte, en cambio, elimina esa distancia. No pregunta por una realidad exterior. Nos pregunta por nosotros mismos. Eso es lo que produce vértigo. No el vértigo físico de quien se asoma a un precipicio, sino el que experimenta la conciencia cuando intenta imaginar un mundo del que ella misma ha desaparecido.

Miguel de Unamuno conocía bien esa experiencia. Toda su obra está atravesada por una lucha que nunca quiso resolver con soluciones fáciles. No discutía únicamente sobre la existencia de Dios. Discutía sobre la posibilidad de seguir siendo él mismo. Lo que le angustiaba no era la muerte entendida como un hecho biológico, sino la desaparición de su propia conciencia, de esa voz interior que decía “yo” y que se negaba obstinadamente a aceptar la idea de dejar de existir.

De ahí su célebre exclamación: “¡Dios no existe! Pero yo creo en Él, quiero que exista; porque no puedo soportar la idea de la muerte.”

La fuerza de esta frase, que ha sido interpretada de muchas maneras, reside en que expresa una necesidad antes que una demostración. No pretende probar a Dios mediante un razonamiento lógico. Confiesa el deseo más radical del corazón humano: que la muerte no tenga la última palabra.

La exclamación de Unamuno no es un argumento. Es la expresión ardiente de un anhelo, que no prueba nada, pues un deseo no demuestra la realidad de lo deseado, como tener sed no demuestra que haya una fuente cerca, ni sentir nostalgia nos hace regresar al hogar de la infancia.

No obstante, no conviene despreciar demasiado deprisa esa intuición, porque el deseo revela algo acerca de quien desea. Nos dice qué clase de ser es. Un ser indiferente a su propia desaparición sería muy distinto del hombre. Debido a que el hombre puede amar, recordar, prometer y esperar, la muerte se convierte para él en un problema que ninguna otra criatura experimenta del mismo modo. Por esto han respondido los hombres de muy distintas maneras a ese problema a lo largo de la historia.

Los estoicos buscaron la serenidad. Si la muerte pertenece al orden de la naturaleza, pensaban, debe ser aceptada con la misma tranquilidad con que aceptamos el invierno o la caída de las hojas. La dignidad consiste en no rebelarse contra aquello que no depende de nosotros. Fata volentem ducunt, nolentem trahunt. Hay una grandeza indudable en esa actitud. Epicteto, esclavo durante buena parte de su vida, enseñó que nadie puede arrebatarnos la libertad interior mientras conservemos el dominio sobre nosotros mismos. Marco Aurelio escribió sus Meditaciones rodeado de guerras y epidemias, recordándose una y otra vez que todo cuanto nace está destinado a desaparecer. La filosofía les proporcionó una admirable disciplina del espíritu.

Pero incluso esa serenidad tiene un límite, pues aceptar la muerte no equivale necesariamente a comprenderla.

Otros eligieron un camino distinto. Los héroes de Homero sabían que la muerte les esperaba y, sin embargo, avanzaban hacia ella. Héctor sale al encuentro de Aquiles aun sabiendo que las murallas de Troya pronto quedarán a sus espaldas para siempre. No lucha porque espere sobrevivir. Lucha porque existen bienes que considera superiores a la conservación de la propia vida.

Otros aún eligieron la vía de los mártires cristianos. Lo que continúa asombrando en sus relatos no es únicamente el valor físico, sino la extraña paz con la que muchos de ellos caminaron hacia la muerte. Los testigos hablan de hombres y mujeres que cantaban, rezaban o consolaban a quienes lloraban por ellos. Esa serenidad no puede explicarse sólo por la fortaleza del carácter. Procedía de una convicción mucho más profunda: la certeza de que aquello que iban a perder no era, en realidad, lo más valioso que poseían.

Resulta significativo que el valor humano alcance aquí su medida más alta. Hay muchas formas de valentía. El explorador desafía océanos desconocidos. El científico dedica años a una investigación incierta. El artista consagra su vida a una obra que quizá nadie comprenda. Pero todas esas formas de coraje conservan todavía una expectativa de futuro. La muerte elimina incluso esa expectativa. Por eso es la prueba definitiva de aquello que un hombre considera digno de ser amado.

Hay verdades por las que estamos dispuestos a perder dinero, otras por las que aceptaríamos perder prestigio, muy pocas merecen que estemos dispuestos a perder la vida. Sin embargo, la historia está llena de hombres y mujeres que lo hicieron. Ese hecho merece una reflexión por sí solo, porque significa que existe algo capaz de pesar más que el instinto de conservación, algo que rompe la lógica puramente biológica y sitúa al hombre en un plano distinto del resto de los seres vivos.

No obstante, ninguna de estas respuestas, ni la resignación estoica, ni el heroísmo homérico, ni la rebeldía de Unamuno, ni siquiera el martirio cristiano considerado únicamente como ejemplo moral, resuelve todavía la cuestión decisiva. Todas enseñan cómo vivir ante la muerte. Ninguna responde por sí sola a lo que sucede después de ella. Es aquí donde la filosofía llega hasta el límite de sus posibilidades, no porque deje de ser verdadera, sino porque ha llegado al umbral de una puerta que no puede abrir con sus propias fuerzas.

A partir de este punto ya no habla únicamente la razón. Aquí toma la palabra también la Revelación, y su respuesta resulta tan inesperada que, cuando fue anunciada por primera vez, incluso muchos hombres cultos la consideraron sencillamente imposible y desatinada.

La lámpara vuelve a encenderse

La respuesta religiosa no aparece como un añadido piadoso al final de una reflexión filosófica. Irrumpe porque la filosofía ha llevado al lector hasta el punto donde ya no puede avanzar más. Así se entiende que no sustituye a la razón, sino que responde a una pregunta que la razón ha formulado con toda su fuerza.

La filosofía es un saber humano y, como tal, tiene un límite. A la razón, que es su única brújula, no se le permite señalar direcciones equívocas. Una inteligencia filosófica sabe distinguir entre lo demostrable y lo que adquiere como don. En nuestro caso, la razón puede describir con admirable precisión la naturaleza de la muerte, mostrar por qué constituye una posibilidad inscrita en la condición corporal y por qué la desaparición del “yo” representa el problema más radical de toda antropología. Puede conducir al hombre hasta el borde del abismo, pero, una vez allí, cae en la cuenta de que ha llegado a tocar la frontera más allá de la cual no le es permitido transitar.

Más allá de esa frontera se extiende la religión, que no niega ni dulcifica la muerte y mucho menos la reduce a una metáfora. El cristianismo nunca ha dicho que la muerte sea una ilusión ni que el cuerpo constituya una prisión de la que el alma se libera felizmente. Al contrario. Ha afirmado siempre que la muerte es un desgarramiento, una ruptura del orden mismo de la creación, la mayor de las desdichas, porque nos priva de la vida y el ser, dice Tomás de Aquino. Añade que Cristo la eligió justamente por eso. La Escritura la llama el último enemigo, no el último amigo.

Como el cuerpo es esencia de la persona, la separación entre el alma y el cuerpo nunca puede considerarse un estado plenamente natural. Es una herida. Algo queda incompleto mientras esa unidad no sea restaurada. Aquí está la diferencia decisiva entre la esperanza cristiana y muchas otras formas de inmortalidad imaginadas a lo largo de la historia por las filosofías y las religiones. El cristianismo no promete que el alma es lo único que continúa existiendo. Es algo mucho más desconcertante. Promete la resurrección de la carne, una promesa que conserva hoy la misma fuerza escandalosa que tuvo hace dos mil años. Muchos hombres dispuestos a admitir la inmortalidad del alma encuentran excesiva esa esperanza, y no les falta razón, dado que les parece más fácil imaginar una supervivencia espiritual que concebir el retorno glorioso del cuerpo.

Ahí reside, sin embargo, la originalidad del cristianismo, que no salva una parte del hombre, sino al hombre entero. Cuando el apóstol Tomás escuchó que Cristo había resucitado, no se conformó con una noticia transmitida por otros. Quiso tocar las heridas, introducir sus dedos en los lugares donde los clavos habían atravesado la carne. Su exigencia suele interpretarse como un signo de incredulidad. También puede entenderse de otra manera. Sin saberlo, estaba defendiendo la realidad de la Encarnación hasta sus últimas consecuencias. Si el mismo cuerpo que había sido crucificado permanecía vivo, entonces la muerte había sido vencida donde parecía invencible. Algo parecido ocurrió cuando san Pablo anunció la resurrección en el Areópago de Atenas. Los filósofos griegos escucharon con interés mientras habló del Dios desconocido, del origen común de todos los hombres e incluso del juicio divino, pero cuando mencionó la resurrección de los muertos, muchos comenzaron a burlarse. No rechazaban la existencia del alma ni su inmortalidad. Lo que les parecía inconcebible era que la carne pudiera volver a vivir.

No obstante, ésa era la novedad. No se trataba de una inmortalidad cualquiera, ni de una supervivencia simbólica, ni del recuerdo conservado por quienes permanecen vivos, ni de la continuidad de nuestros átomos en el universo. Se trataba de la restauración de la persona entera.

Una lámpara ha permanecido encendida en una habitación durante años. Bajo su luz un niño aprendió a leer, unos padres velaron el sueño de sus hijos, un anciano escribió sus últimas cartas y una familia compartió incontables cenas. La lámpara parecía formar parte de la vida misma de la casa. Un día la llama se extingue, la habitación permanece, las paredes permanecen, también los libros, la mesa y las fotografías. Pero la oscuridad revela inmediatamente que falta algo esencial.

La filosofía contempla esa habitación y formula una pregunta: ¿qué ha ocurrido con la luz? La fe responde con una afirmación que ningún filósofo habría podido deducir por sí solo: la lámpara volverá a encenderse, y no será porque el hombre posea en sí mismo el poder de vencer a la muerte, ni porque el universo contenga espontáneamente un mecanismo de retorno, sino porque el Autor de la existencia no abandona definitivamente su obra.

Ésta es la esperanza cristiana, que no es una evasión del mundo. Muy al contrario, es que el mundo mismo será finalmente restaurado. No consiste tampoco en olvidar el cuerpo. Consiste en que el cuerpo alcanzará la plenitud para la que fue creado desde el principio.

La muerte continúa siendo terrible. El duelo sigue siendo verdadero, las lágrimas de quienes pierden a un ser amado no quedan anuladas por una explicación doctrinal, el mismo Cristo lloró ante la tumba de Lázaro aun sabiendo que iba a devolverle la vida. Esa escena posee una importancia inmensa. Significa que la esperanza no elimina el dolor, sino que le impide convertirse en desesperación. El cristianismo puede mirar de frente al sepulcro sin negar su oscuridad. En vez de eso, afirma que la oscuridad no es la última palabra, porque existe un amanecer, y que toda la historia humana, contemplada desde ese amanecer, adquiere un significado completamente nuevo.

El alba

Toda gran esperanza cambia retrospectivamente la historia que la precede. Un viajero que atraviesa la noche experimenta el camino de una manera muy distinta cuando sabe ha de llegar el amanecer. La oscuridad no desaparece por ese conocimiento, el frío sigue siendo frío, el cansancio continúa pesando sobre los hombros y los kilómetros no disminuyen, pero el sentido entero del viaje se transforma. Algo semejante ocurre con la muerte. Si ella fuese verdaderamente el último horizonte del hombre, toda la existencia quedaría iluminada por una luz crepuscular. Cada nacimiento sería ya el comienzo de una desaparición definitiva, todo amor contendría una despedida irremediable, las bibliotecas acabarían siendo habitaciones vacías, las ciudades terminarían olvidando el nombre de quienes las levantaron y hasta la memoria acabaría muriendo.

La esperanza cristiana no elimina ninguno de esos dolores. Hace algo más profundo. Niega que tengan la última palabra. El cristiano puede llorar ante una tumba sin contradecir su esperanza. Las lágrimas no significan que dude de la resurrección. Significan que sabe cuánto vale aquello que ha perdido. Sólo quien ama de verdad comprende la gravedad de la muerte y la magnitud de la promesa. Tomás de Aquino afirmaba que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Lo mismo puede decirse de la esperanza. No nos enseña a despreciar esta vida esperando otra. Nos enseña a amar ésta con una intensidad nueva, porque ninguna verdad, ningún gesto de amor y ninguna fidelidad vivida en el tiempo están destinados finalmente a la nada. El cristianismo nunca ha sido una religión de la evasión. Ha construido hospitales, universidades, catedrales, bibliotecas y ciudades. Quien cree que el ser está llamado a vencer definitivamente a la muerte descubre también que ninguna obra buena resulta inútil. Todo puede incorporarse a una historia que no termina en el sepulcro.

Al comienzo de este escrito imaginaba una lámpara encendida en una habitación. Bajo su luz un niño aprendía a leer, una familia compartía la mesa y un anciano escribía sus últimas palabras. Después la llama se apagaba y la habitación quedaba en silencio. Ésa era la pregunta de la filosofía. La fe responde que la oscuridad no es el último estado de la casa. Existe un alba. Y cuando llega el alba, comprendemos que la lámpara nunca fue el sol.

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