El miedo a quedarse obsoleto, conocido como FOGO (Fear Of Getting Obsolete), está ganando terreno entre los altos ejecutivos y directivos de empresas, especialmente en sectores sometidos a una constante transformación tecnológica. Este fenómeno, que antes se asociaba principalmente a perfiles junior o puestos susceptibles de automatización, ahora afecta también a la alta dirección, donde la aceleración tecnológica está redefiniendo los roles estratégicos y las competencias necesarias.
No se trata únicamente del temor a perder el empleo, sino de una preocupación más profunda: la pérdida de relevancia estratégica en un contexto donde la inteligencia artificial, los datos y los nuevos modelos de negocio evolucionan a un ritmo que supera las trayectorias profesionales tradicionales. Cuando esta situación se prolonga, puede derivar en tecnoestrés, manifestándose en síntomas como la sobrecarga mental, la sensación de no alcanzar el ritmo del cambio y dificultades para desconectar.
Mariana Spata, Chief Commercial Officer de Catenon, explica que este tipo de estrés rara vez se verbaliza en los niveles directivos, pero tiene un impacto directo en la toma de decisiones, la gestión de equipos y la capacidad de liderar con una visión a largo plazo. “No hablamos de una falta de capacidades técnicas, sino de una sensación creciente de perder peso estratégico en la organización”, señala Spata. La obsolescencia, en este caso, no es tanto técnica como estratégica: no se trata de dominar herramientas específicas, sino de comprender cómo estas transformaciones afectan al negocio, al talento y a la competitividad.
Los datos respaldan esta inquietud. Según el Future of Jobs Report del World Economic Forum, el 44% de las habilidades actuales cambiarán antes de 2027 debido a la automatización y la inteligencia artificial. Un estudio de Workday Research (2024) indica que el 46% de los profesionales cree que sus competencias quedarán obsoletas en menos de cinco años. Además, el IBM Institute for Business Value estima que el 40% de la fuerza laboral necesitará procesos de reskilling en los próximos tres años, mientras que Gallup detecta que el 22% de los empleados ya teme que la tecnología vuelva obsoleto su trabajo, una cifra en aumento desde 2021.
Esta presión se intensifica en los perfiles directivos. CEOs y primeros ejecutivos enfrentan el desafío de integrar la tecnología y la IA en la estrategia sin perder el foco del negocio. Los COOs y directores de Operaciones, especialmente en sectores industriales y energéticos, ven cómo la automatización avanza más rápido que los modelos de gestión tradicionales. Los CFOs y directivos financieros deben adaptarse al uso creciente de la IA en reporting, control y gestión del riesgo. A esto se suma el papel de los directores de Recursos Humanos, responsables de liderar procesos de reskilling y transformación cultural en entornos de elevada incertidumbre, así como el de los directores comerciales y de marketing, inmersos en la transición hacia modelos data-driven y el uso de herramientas de IA generativa.
Este contexto está redefiniendo el liderazgo que demanda el mercado. Las empresas ya no buscan únicamente experiencia acumulada, sino capacidades como el aprendizaje continuo, la adaptabilidad, la visión tecnológica y el liderazgo emocional. Los procesos de selección, sucesión y evaluación de la alta dirección están evolucionando rápidamente: la experiencia sigue siendo un valor, pero solo cuando va acompañada de una clara capacidad de evolución.
Desde el mercado del talento, firmas especializadas como Catenon observan señales cada vez más evidentes de que este fenómeno está afectando a la arquitectura directiva de las organizaciones: rotación silenciosa, dificultades para cubrir posiciones críticas y desajustes entre perfiles tradicionales y las nuevas exigencias del negocio digital. “El reto ya no es atraer talento directivo, sino asegurar que ese liderazgo siga siendo vigente en un entorno que cambia a una velocidad sin precedentes”, concluye Spata.
En definitiva, entender cómo evolucionan los miedos, las competencias y las expectativas de la alta dirección se ha convertido en una cuestión estratégica para la competitividad empresarial del futuro. Las organizaciones deben garantizar que sus líderes no solo cuenten con experiencia, sino también con la capacidad de adaptarse y mantenerse relevantes en un mundo en constante transformación.





