La figura del duodécimo Imam, Muḥammad ibn al-Ḥasan al-Mahdī, ocupa un lugar absolutamente central en la teología, en la autoconciencia histórica y en la espiritualidad del chiismo duodecimano propias del chiismo que retiene el poder en Irán. Su existencia terrena, brevísima y casi invisible, y, sobre todo, su desaparición, no constituyen un episodio biográfico marginal, sino el acontecimiento fundador de toda la escatología chiita posterior.
Hablar de él equivale, en rigor, a hablar del estatuto mismo del tiempo en el chiismo, de ese tiempo suspendido en el que vive aún hoy una parte del islam.
Según la tradición recibida, Muḥammad al-Mahdī nació en Samarra, hacia el año 255 de la Hégira (869 de la era cristiana). Era hijo del undécimo Imam, Ḥasan al-ʿAskarī, y de una mujer llamada Narjis, de origen noble y, según ciertas tradiciones, incluso bizantino. Su nacimiento fue deliberadamente ocultado. La razón era simultáneamente política y teológica. Desde hacía décadas circulaban en el seno de la comunidad hadices que anunciaban la aparición de un descendiente de Fátima destinado a ser el Mahdī, restaurador final de la justicia y consumador de la historia, el Mesías. Los califas abasidas, temerosos de la emergencia de un pretendiente mesiánico, vigilaban estrechamente a la familia de los Imames. Por ello, el niño fue criado en estricta clandestinidad, y su existencia solo fue conocida por un reducido círculo de fieles. Desde sus primeros años, su vida quedó marcada por el signo de la disimulación y del peligro.
A la muerte de Ḥasan al-ʿAskarī, en el año 874, se desencadenó una crisis de extraordinaria gravedad. Oficialmente, el Imam parecía haber fallecido sin dejar descendencia. La autoridad abasí procedió a confiscar sus bienes e inició la búsqueda de un eventual heredero con el propósito de eliminarlo. Muchos consideraron entonces que la línea del Imamato había llegado definitivamente a su término. La comunidad chiita se dividió en diversas facciones. Algunos negaron que hubiese existido un hijo; otros sostuvieron que había nacido, pero había muerto prematuramente; un grupo minoritario afirmó, por el contrario, que existía un hijo oculto, legítimo heredero del Imamato. Este último grupo habría de constituir el núcleo doctrinal del posterior chiismo duodecimano.
La doctrina que acabó imponiéndose sostuvo que el niño no había muerto, sino que había entrado en un estado de Ocultación (ġayba), decretado por la providencia divina con el fin de preservarlo de la persecución. Comenzaba así la llamada Pequeña Ocultación (al-ġayba al-ṣughrā). Durante este período, que se prolongó cerca de setenta años, el Imam no se manifestó públicamente, pero mantuvo una relación indirecta con la comunidad por medio de cuatro representantes sucesivos (nuwwāb o sufarāʾ): ʿUṯmān ibn Saʿīd, Muḥammad ibn ʿUṯmān, al-Ḥusayn ibn Rūḥ y ʿAlī ibn Muḥammad al-Samarī.
Por mediación de estos agentes se transmitían consultas jurídicas, orientaciones doctrinales y breves epístolas atribuidas al propio Imam (tawqīʿāt). De este modo, el guía permanecía ausente en su presencia corporal, pero seguía ejerciendo una autoridad espiritual efectiva sobre la comunidad.
En el año 941, con la muerte del cuarto representante, se produjo el acontecimiento decisivo. Poco antes de expirar, al-Samarī recibió una carta atribuida al Imam en la que se anunciaba el término definitivo de toda mediación, la inauguración de la Gran Ocultación (al-ġayba al-kubrà) y la suspensión de toda comunicación hasta el momento en que Dios dispusiera su manifestación final.
Desde entonces, el duodécimo Imam vive, según la fe chiita oculto por voluntad divina, invisible a los hombres, pero real, viviente y vigilante. La historia entra así en una condición absolutamente singular; una comunidad entera se reconoce desde hace más de un milenio bajo la autoridad de un guía ausente, cuya legitimidad no se extingue con su desaparición, sino que se prolonga indefinidamente en el tiempo.
Progresivamente, Muhammad al-Mahdī fue identificado sin reservas con el Mahdī escatológico, el salvador del final de los tiempos. Según la doctrina, reaparecerá al término de la historia, acompañado de Jesús (ʿĪsā), derrotará al tirano escatológico, restablecerá la justicia perfecta e instaurará un reino de equidad antes del Juicio Final. Este es el milenarismo de los ayatolás iraníes.
Esta figura reúne elementos islámicos, bíblicos y netamente mesiánicos. Pero su rasgo más original reside en una paradoja sin equivalente exacto en otras tradiciones; el salvador ya ha nacido, ya ha vivido, y permanece presente en el mundo, aunque sustraído a toda visibilidad.
Las consecuencias históricas de esta doctrina fueron de largo alcance. La Ocultación privó a la comunidad de su guía visible y obligó a una profunda reorganización institucional. Surgió progresivamente la autoridad de los juristas (ʿulamāʾ), se elaboró la doctrina del marŷaʿ al-taqlīd como instancia suprema de referencia religiosa y, más tarde, en el contexto iraní, la teoría del gobierno del jurista (wilāyat al-faqīh). Todo el edificio jurídico y político del chiismo posterior se halla, en última instancia, fundado sobre esta ausencia originaria.
Puede afirmarse, por tanto, que la figura de Muḥammad al-Mahdī constituye una de las construcciones teológicas más audaces de la historia religiosa. Un soberano legítimo que no muere, un rey que no ejerce, un mesías que no se manifiesta y un tiempo que, por ello mismo, no puede clausurarse.
Desde el año 874, el chiismo vive en una situación teológica única. Cree en una una historia sin consumación, una autoridad sin presencia y una espera sin término prefijado. Sin embargo, la situación es de una fecundidad excepcional, pues mientras el Mahdī no retorna, la historia permanece abierta, la injusticia conserva un carácter provisional y el tiempo entero se transforma en horizonte de promesa. Con él, el islam chiita no se limita a aguardar el fin de los tiempos, sino que habita permanentemente en su umbral.




