La revolución de las mujeres en Irán: raíz, llama y porvenir

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Hay revoluciones que irrumpen como trompetas y otras que avanzan como savia. La de las mujeres en Irán pertenece a estas últimas; no siempre hace ruido, pero cambia la forma de la piedra. Nació hace décadas, cuando tras 1979 la ley quiso encerrar la vida femenina en un dogma visible, y siguió creciendo en aulas, hogares y talleres, donde estudiar, escribir o trabajar era ya una forma de desobediencia. El cuerpo se volvió frontera vigilada; la conciencia, territorio libre.

El tiempo, que madura silencios, preparó su punto de inflexión. En septiembre de 2022, la muerte de Mahsa Amini, detenida por la llamada “policía de la moral”, quebró el dique del miedo. El lema “Mujer, Vida, Libertad” no fue consigna sino revelación: una gramática nueva para decir dignidad. Las calles se llenaron de pasos firmes; los velos, de significados. Cortar el cabello fue duelo y desafío; caminar juntas, pedagogía de la esperanza.

Esta revolución no se agota en la protesta contra una prenda. Busca reordenar la relación entre ley y conciencia, entre religión, Estado y derechos humanos. Por eso no es homogénea ni urbana únicamente. La sostienen estudiantes y maestras, profesionales y amas de casa; también aldeas remotas donde mujeres de todas las edades desafían la violencia estatal con una perseverancia que no necesita épica. La represión en forma de detenciones, muertes y censura, no ha conseguido apagar la llama; ha afinado, en cambio, la ética del cuidado que distingue al movimiento. Los hombres que acompañan lo hacen como testigos responsables, no como dueños del relato.

En diciembre de 2025, nuevas movilizaciones, nacidas de la penuria económica y la caída del rial, volvieron a encender el país. Lo material se reveló inseparable de lo moral, porque la inflación es también un cerco a la vida, y la vida reclama autonomía, palabra y presencia pública. Así, la demanda de pan se volvió demanda de futuro. La revolución mostró entonces su naturaleza profunda; no hay decreto final que la clausure, porque avanza por la conversación íntima y la plaza, por la escuela y el cine, por la memoria y el deseo.

La cultura ha sido su espejo y su puente. Documentales y relatos, desde Nasrin hasta Mi mundo robado, han puesto rostro a la resistencia cotidiana; y obras como Persépolis han tejido una identidad compartida que dialoga con el mundo. No denuncian solo la opresión; enseñan a reconocerse.

El porvenir permanece incierto, pero no vacío. La persistencia femenina ha resquebrajado el imaginario de sumisión que parecía eterno. Hoy, las mujeres iraníes no piden permiso para existir, sino que reclaman que la dignidad no sea condicional. Y en esa reclamación, serena y obstinada, ensanchan la libertad de toda una sociedad que aprende, al fin, a respirar.

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